Wednesday, September 9, 2009

El mundo afuera

Hay una dulzura misteriosa en el mundo. Voy afuera y me da gozo la imagen de la naturaleza con todos los árboles, las aves y las ardillas. Todos éstos añaden a una inocencia infantil que llena mi alma con paz y consuelo. Dios está en el mundo, guiándonos y ayudándonos a vivir. Es nuestro compañero que siempre está, y la naturaleza me recuerda a él. Pasaba la mayoría de mi niñez en Nueva Hampshire. Vivíamos en un terreno de diez acres que consistían en un prado rodeado de bosques, piedras grandes y arroyos. Iba afuera para escapar de los problemas familiares. Fingía que pudiera cantar a las aves como Bella de «La bella y la bestia.» Corría e imaginaba que viviera en un bosque encantado, gozando de la manera mágica en que la luz del sol iluminaba las hojas y las transformaban a un verde aun más brillante. Por las noches miraba fijamente las estrellas, distinguiendo Cassiopeia y el cinturón de Orión. En mi mente, creaba dibujos de cómo parecían las nebulosas y cómo realmente sentiría caminar en la lun. Siempre encontraba en la naturaleza un lugar de refugio y emoción. Pues ahora que he crecido tiene aun más valor. Dios vive allí. Corre en la brisa fresca del otoño. Cuchichea por dentro de los bosques y por medio del zumbar de las abejas. Cada flor es uno de sus vasallos hermosísimos. Puedo sentirlo sonreír en la luz del sol, llenándome con placer sin fin. Y por las noches, en vez del temor que alguna vez sentía en la oscuridad, ahora siento sólo lo vasto de su poder, y me encuentro segura en las profundidades de quién es mi Dios.

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